Hay que aprender a mirar los cambios con una visión más amplia, cortando la
estrechez de miras que impide ver lo que inevitablemente actuará y ejercerá su
influencia en mayor o menos medida, aunque no lo queramos aceptar. Lo ideal
sería que, ante una situación de cambio, ésta nos encuentre por lo menos en
actitud expectante, en un estado de alerta para poder descubrir cuál es la
acción necesaria y efectiva. Este estado se va consolidando a través de un
entrenamiento continuado de aceptación de la realidad tal como se presenta; de
una actitud de desapego del sentido de posesión que sólo se conquista cuando
descubrimos las cosas fundamentales de la vida y tratamos de vivirlas
plenamente; a través de una metodología de vida (meditación, lectura, reflexión,
etc.) que nos mantenga despiertos ante la evidente incertidumbre del devenir...
El dolor de la pérdida es inevitable, es la vida manifestándose a través de
la ley de causas y efectos, de nacimientos y muertes, de tomar y dejar…lo que sí
podemos manejar a través de otra ley, la del libre albedrío, es hacer que ese
dolor se transforme en una enseñanza que nos lleve a vivir de una forma más
consciente, más participativa. Cada pérdida en definitiva nos muestra lo
invalorable de vivir el momento presente, la necesidad de hacer las cosas en el
momento sin postergaciones, ya que una de las cargas emocionales más fuertes que
se vinculan con la pérdida es el arrepentimiento de no haber valorado y/o vivido
con más plenitud y en su momento lo que hoy se perdió para siempre.
Algunos aspectos prácticos para aceptar la pérdida:
1. Tomar conciencia de
que todo lo que tengo no me pertenece, la vida me lo ha prestado con un
objetivo específico del cual puedo ser o no consciente. Aceptar las
pérdidas como uno de los sacrificios propios de la condición humana.
2. Mantener una actitud de desprendimiento o desapego de lo material sin caer en
la indiferencia o el “no me importa”
3. Abrir el corazón, apostar por las verdaderas prioridades: una llamada, una
visita, un regalo sin que haya un motivo de por medio.
4. Reflexionar acerca de experiencia vividas en donde una circunstancia de
pérdida me permitió dar un salto en mi maduración y evolución como ser humano.
5. Prever situaciones que son inevitables y adelantar decisiones y líneas de
conducta, ya que una pérdida repentina nos deja en un estado de incertidumbre
que se puede paliar con las acciones oportunas que se planificaron con
antelación.
6. Aprender a participar del dolor ajeno, universalizando la experiencia
vivida.“Esto no sólo me ocurre a mí”
7. Expresar a nuestros seres queridos con honestidad y humildad nuestras
necesidades de afecto y comprensión, sin adoptar una actitud de víctima,
esperando que los otros “se den cuenta y actúen”.
8. Analizar las estructuras mentales y emocionales que sostienen mis actitudes y
conductas frente a la idea de la muerte.
9. Ofrendar, con la fe puesta en la idea más trascendente en la que creo (Dios,
La energía universal, el Amor, etc.) el desasosiego y el vacío de respuestas que
se anidan en mi interior, pasos necesario para la aceptación de la pérdida.
"Conocer y abrazar el dolor de la pérdida forma parte de la vida,
tanto como conocer la alegría del amor". Alan Wolfelt