El matrimonio debe ser visto en su relación correcta con el
individuo y con la comunidad en general. Nunca se podrá
obtener lo máximo de algo, a no ser que se comprenda su
verdadera función.
El matrimonio es algo que se debe
esperar, ante todo, a causa de la camaradería de por vida
que provee. Es muy probable que su compañero de por vida va
a durar más que todas las restantes relaciones íntimas. Lo
más probable es que primero se morirán los padres, los hijos
crecerán y harán su propia vida, los hermanos y hermanas y
amistades tendrán sus propias relaciones íntimas en la vida,
las que obligadamente tendrán el primer lugar.
Pero el
compañero, la esposa o el esposo, estará allí siempre. Las
alegrías y las penas tendrán que ser compartidas, los
ingresos, gran parte de sus intereses y diversiones, serán
algo que tendrán en común.
Antes de contraer matrimonio hay
que darse cuenta de esto, hay que meditar si ambos podrán
pasar por todo ello juntos en forma satisfactoria. No tenga
esperanzas excesivas en el matrimonio, ni tampoco espere
demasiado poco. El agua no puede subir más allá de su propio
nivel. La unión de dos personas no puede producir más de lo
que ellas contribuyen a ella.
Si se está lleno de
imperfecciones: intolerante, impaciente, exigente,
dictatorial, suspicaz, corto de genio, egoísta, no se
imagine que estas características van a hacer que su
matrimonio sea feliz o que al cambiar su compañero, una
nueva unión va a tener más éxito. El matrimonio, como todas
nuestras restantes relaciones en la vida, es un proceso que,
entre otras cosas, sirve para suavizar nuestras aristas.
El esmerilado duele, el ajustarse al carácter de otra
persona es difícil en un comienzo, por cuyo motivo se necesita
más amor aquí que en ninguna otra relación.
El amor, al ser esencialmente una fuerza divina, une; como una chispa, salta el espacio que hay entre los pensamientos y deseos conflictivos de las personas, posiblemente entre temperamentos que difieren ampliamente.
Cura las heridas que todos nos infligimos los unos a los
otros ya sea en forma inadvertida o en momentos de ira,
celos o encono. A la influencia del amor en el matrimonio se
agrega luego otro catalizador poderoso: la
costumbre. El hogar en común, la asociación diaria,
produce un marco común y el hábito, una de las fuerzas más
poderosas de la vida, comienza a enlazar al marido y a la
mujer.
Si se deja que falle el amor, es posible que el hábito,
por sí sólo, sea suficientemente fuerte como para mantener
la unión. Hay dos grandes postulados en la ecuación del
matrimonio: el primero es la fidelidad, el segundo es hijos.
Hay una razón final, mucho más profunda para tener hijos.
Podríamos comparar la vida con un vuelo; la materia
inanimada se ha levantado para formar materia animada, la
vida ha evolucionado para dar el hombre; sólo el hombre
regresa a Dios. El vuelo se remonta hasta un apogeo que no
podemos percibir aún al estar en este mundo; después de la
muerte el individuo sigue viviendo, progresando,
desarrollándose; no deberíamos romper voluntariamente la
cadena a no ser que haya una muy buena razón para ello ‑ ni
impedir que otras vidas lleguen a la existencia, para que
también puedan remontar su vuelo hacia adelante y hacia
arriba.
Autora: Rúhíyyih Rabbani, nació en Montreal, Canadá en
1910, residió en Haifa, el Centro mundial de la Fe
Bahá’í hasta su fallecimiento en el año 2000. Un persona de
intereses y capacidades prodigiosas, además de ser una
administradora y viajera mundial, fue escritora, poeta,
conferencista y productora de películas.