Hay que dar, incondicionalmente, desde la abundancia y no
desde la carencia, para lograr que el otro reciba nuestro amor. Así recibiremos
en compensación el amor que todos necesitamos.
Toda relación es una relación de dar y recibir. El dar engendra el recibir, y
el recibir engendra el dar. Lo que sube debe bajar; lo que se va debe volver. En
realidad, dar es lo mismo que recibir. Cuanto más demos más recibiremos porque
mantendremos la abundancia circulando en nuestra vida. En realidad, todo lo que
tiene valor en nuestra vida se multiplica únicamente cuando es dado; pero cuando
es dado desinteresadamente, con amor. Si al dar sentimos que hemos perdido algo,
lo dado no ha sido dado en realidad, y entonces no generará abundancia ni
compensación alguna.
Al dar y recibir, lo más importante es la intención. La intención debe ser
siempre crear felicidad para quien da y para quien recibe. La felicidad sostiene
y sustenta la vida y, por tanto genera abundancia. La retribución es
directamente proporcional a lo que se da, cuando el acto es incondicional y sale
del corazón. Por tanto, el acto de dar debe ser alegre. Debe darse con alegría y
con una actitud mental de desprendimiento, de desapego.
La mejor manera de poner a funcionar este proceso de circulación del
dar-recibir, con nuestra pareja o con cualquier persona, es tomando la decisión
de que cotidianamente o cada vez que podamos, le daremos algo: una flor, una
tarjeta que exprese nuestro amor, un cumplido o una oración.
No es necesario de
que sean cosas materiales. Obsequios como dar afecto, aprecio, atención, amor,
son algunos de los más preciados por nuestra pareja y no cuestan nada. Cuando
nos encontremos con alguien, enviémosle en silencio un buen deseo por su
felicidad, alegría y bienestar. Esta forma de generosidad silenciosa es muy
poderosa.
En realidad la práctica del dar y del recibir es muy sencilla: si deseamos
alegría, démosle alegría a otros; si deseamos amor, aprendamos a dar amor. Si
deseamos atención y aprecio, aprendamos a prestar atención y a apreciar a los
demás; si deseamos riqueza material, ayudemos a otros a conseguir esa riqueza.
Si deseamos recibir el beneficio de todas las cosas buenas de la vida,
aprendamos a desearle en silencio a todo el mundo todas las cosas buenas de la
vida. Cuando optamos por acciones que les producen alegría y éxito a los demás,
el fruto es también alegría y éxito.
Si estamos dispuestos a dar aquello que buscamos, mantendremos la abundancia
del universo circulando en nuestra vida. Es lógico pensar entonces que debemos
aprender tanto a dar a nuestra pareja, como a recibir de ella, si queremos
conservarla.