Al
titular de la columna, puede dársele una doble connotación:
la primera correspondería a la finalidad u objetivo primario
de la relación conyugal, y la segunda, a su extinción o
finalización.
Resulta interesante esta doble acepción porque casi siempre
los equívocos en cuanto al objetivo del matrimonio, lo
llevan rápidamente a su fin. Infortunadamente es lo que
estamos apreciando con cierto estupor en el momento actual:
cuán débiles son los lazos de esta relación que hasta hace
poco tiempo se consideraban fuertes ataduras que solamente
la muerte lograba deshacer; para conseguir este ideal de
amor, es menester perfilar el concepto de matrimonio.
Ante todo hay que considerar que el matrimonio tiene su
finalidad en sí mismo.
No es una institución al servicio de intereses económicos o
sociales, ni tiene como única finalidad la perpetuación de
la especie.
Hoy por hoy los dos primeros aspectos tienen gran
preponderancia, cuando debieran de ser muy secundarios.
La primordial finalidad del matrimonio es lograr la
felicidad conyugal, sin la cual no hay posibilidad de
obtener ni siquiera una descendencia armónica, puesto que el
tener hijos no es solo cuestión de darles vida física, sino
también de brindarles una existencia ética y cultural, y
esas cualidades no se desarrollan bajo el tempestuoso
ambiente de un matrimonio mal avenido.
En mi opinión, debemos rechazar el concepto del
matrimonio puesto al servicio de otra finalidad que no sea
el progreso circular del enlace amoroso. Así considerada, la
base matrimonial no es económica ni metafísica. Es
simplemente un modo de vida en comunidad.
Es el afán de dos personas por crear con su esfuerzo una
vida en común en la cual cada una de ellas se sienta vivir
en plenitud.
Es un modo de vida: el
anhelo de la pareja por enfrentar juntos todas las
circunstancias de la vida, lo cual les permitirá ampliar su
horizonte y alcanzar muchas de sus metas.
Solo
entendiendo así el matrimonio, quedaría unida la pareja por
un sano sentimiento de amor, más fuerte que el de la
obligación o el deber , que no bastan para mantener la
armonía conyugal. El hombre y la mujer a menudo se dejan
llevar a la ruta del matrimonio por una variedad de razones,
llegando a él desprovistos de una pasión tierna y limpia,
siendo incapaces de lograr esa unión perfecta en la que la
pasión -que constituye la base biológica- se integra a la
afinidad espiritual.
Mientras haya hombres que crean
cumplida su misión matrimonial con adornar de joyas a sus
esposas, y mujeres que estiman satisfechos sus deberes
conyugales con lucir esas joyas y saber condimentar los
manjares predilectos del esposo, el matrimonio será nave que
naufragará tarde o temprano.
El matrimonio es algo superior
a esa vida minúscula de joyería y cocina. Es el ansia de una
pareja por unificarse a plenitud y lograr su crecimiento
navegando por una ruta muy bien señalada por el conocimiento
del papel que deben desempeñar el hombre y la mujer en el
escenario matrimonial. Una relación de pareja que se inicie
dentro de tal ambiente asegura un mejor vivir, además de su
perdurabilidad, y jamás se convertirá en un medio patógeno
para los hijos.
Gustavo Román Rodríguez, todos los derechos reservados por
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